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Descanso ante el Cristo de las Batallas

Archivado en Semana Santa • Fecha: 15-04-2006 20:02:28

Silencio en la noche. Llueve. Minutos después deja de llover. Después de haber caído con cierta intensidad durante la tarde del Viernes Santo el temido elemento para las procesiones, junto con el viento, parece que a las doce de la noche da un respiro. Pero no hay que fiarse.

El público empieza a ocupar la plaza que precede al atrio del palacio de Fonseca. Varios hermanos miran al cielo, se consultan, dialogan. Momentos de silencio. Nadie se atreve a decir si se sale o no se sale. ¡¡ Tremenda decisión !!. ¿Miedo a equivocare? ¿Acertar o fallar? . Por un momento la procesión parece que está suspendida. Nueva ronda de consultas. La hora se acerca. Mientras tanto, en el interior del templo se preparan todos los elementos procesionales y sus elementos de protección para el agua, se vuelve a comprobar la carga… Momentos de indecisión. Grisáceos nubarrones corren rápidamente por el cielo salmantino. Hora de la salida. No hay respuesta.

Alguien decide salir. ¡Preparemos todo que en unos minutos salimos a la calle! La decisión está tomada. Ahora hay que esperar a que no llueva.

Casi a la una menos cuarto se abren las puertas, y comienza el lento y preciso peregrinar de los penitentes. Voces sacras acompañan los cortos pero firmes pasos. Entonan el “Miserere”. Minutos después se ve salir la imagen yacente de Cristo Muerto, que desciende por los empinados peldaños del atrio a los sones de la Marcha Fúnebre.

El silencio es sepulcral. Se oye el fuerte respirar producto del esfuerzo que realizan los anónimos hombres que llevan sobre sus hombros la pesada imagen de la Liberación del Hombre. Un resbalón de varios cargadores pone en un suspiro a los allí congregados. Un susto. Todo vuelve rápidamente a la normalidad.

Lenta y silenciosamente, solo roto por el zapateo de los zuecos en el andar de las mujeres plañideras desciende el cortejo por la cuesta de San Blas para seguidamente enfilar la angosta y serpenteante calle Cervantes. Momentos evocadores de épocas pasadas me vienen a la mente. Y al llegar arriba del todo, empieza el nerviosísimo. Las primeras gotas de agua caen sobre los que a esas horas nos encontramos en la calle.

Se acelera el ritmo, pero no pasan ni cinco minutos cuando los ángeles lloran la Muerte del Señor. ¡Y como lloran la pérdida temporal del que llamaron el Maestro! Los plásticos preparados cubren las tablas pintadas y la dulce imagen del yacente. No hay otra solución. A refugiarse en la Catedral. Y antes de las dos, la procesión concluye en el templo Mayor de Salamanca. ¡Dónde mejor podría resguardarse nuestra imagen! Y qué lugar más adecuado que la Capilla del Cristo de las Batallas, capilla entre las capillas. Allí descansará hasta el día siguiente, que se desplazará hasta su morada habitual en el Cementerio Católico.

Por unos momentos la emoción embarga a muchos de los presentes.

Escrito por Tolle, lege
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